Y la verdad, es inevitable preguntarse qué es lo que estamos celebrando.
El sentido original de esta celebración, es conmemorar a tantos hombres, héroes, grandes chilenos (aunque no estén todos para la votación), que en un determinado momento decidieron hacerse cargo de su país. Primero, apostando por convertirlo en SU propio país, y no en la última colonia de un gastado imperio en Europa, y luego por darle a ese lugar un destino propio: con sus propios proyectos y esperanzas, en los cuales cupieran TODOS aquellos nacidos en esta tierra, que hasta entonces habían sido marginados de la participación en su propia Patria.
Luego y por extensión, en esta fecha se celebra también a todos aquellos hombres y mujeres que a lo largo de nuestra historia han apuntado en la misma dirección: terminar con las injusticias y segregaciones, apostando a construir un hogar común al cual llamar Patria. Así, políticos e intelectuales; artistas, poetas y músicos; guerrilleros y evangelizadores; sabios hombres cargados de experiencia junto a la fuerza arrasadora de la juventud; famosas caras y anónimas espaldas: TODOS.
Y es precisamente eso lo más terrible luego de sacar las cuentas al terminar este mes: y es que esta conmemoración, la hemos convertido en un espacio para anestesiarnos de lo que realmente ocurre. Luego de despertar de los efectos de la fiesta y la chicha el panorama es complejo: ad portas de una elección municipal, contamos con la partipación histórica más baja de los jóvenes en política; aún existen cientos de campamentos, y la pobreza parece destinada a acompañarnos hasta el fin de nuestra historia; un sistema de transportes que iguala a personas con animales de carga subidos en un camión; una competencia entre nuestros grandes próceres (qué orgullosos estarán de nosotros: ellos luchando por el bien común, y nosotros los ponemos a competir entre ellos), y el duro olvido para aquellas espaldas y manos anónimas que siguen cargando con toda nuestra injusticia y discriminación.
Estamos a 2 años del bicentenario, y yo me pregunto: ¿Tenemos realmente derecho a celebrar?



