
“Un fuego que enciende otros fuegos”. Ese título se dio recientemente a una recopilación de textos del Padre Hurtado, y es el mismo que me gustaría usar en esta carta para despedir los trabajos (¿o quizás para iniciar lo que viene?)
Querida Escuela:
Hace mucho tiempo, fue el Padre Hurtado en persona quién tomó en sus manos la responsabilidad de encender los corazones de la juventud chilena. Fue él quien denunció la injusticia, la miseria, el dolor, la soledad, la discriminación de una sociedad que se forjaba sobre las espaldas de tantos trabajadores, de tantos hombres que veían como un país que se decía cristiano, les daba la espalda, los abandonaba y los escondía bajo los puentes del Mapocho.
Fue el testimonio del Padre Hurtado, y el descubrimiento de esta realidad, lo que en ese entonces despertó un sentimiento de insatisfacción e inquietud en miles de jóvenes de nuestro país. Al acercarse ellos, al tender una mano y descubrir el mundo de los más pobres, fue que ese fuego comenzó a expandirse. Fue en ese preciso instante que en muchos jóvenes corazones se produjo una profunda transformación: el servicio, la humildad, la entrega y las ansias de justicia inundaron cuerpo y alma de aquella juventud, y así una juventud apática y centrada en sí misma, se convirtió en una enorme fuerza, decidida a hacerse cargo de su país; de la injusticia y el dolor, de la soledad y la desesperanza, del sufrimiento y el llanto que nadie entonces quería escuchar.
Hoy la pobreza, la injusticia y la miseria siguen presentes. Quizás no de modo tan crudo como lo vio el Padre Hurtado y tantos jóvenes de esa época, pero sin duda igualmente doloroso. Lo que antes se escondía entre la noche y el frío de un río, hoy lo hace dentro de una mediagua, detrás de una marraqueta y un te, detrás de las manos cansadas de un obrero y la sonrisa sin dientes de una dueña de casa.
Y todo esto lo hace aún más terrible, pues hoy en día hemos cometido como país, la peor traición contra todas las personas que cargan en sus hombros el peso de nuestro clasismo: nos hemos acostumbrado a la pobreza. Nos insensibilizamos, nos concentramos en nuestros propios ombligos, y la convertimos en algo cotidiano.
Por eso los trabajos.
Una mediagua quizás no parece mucho (sin duda no lo es, y lo comprobamos durmiendo en ella), pero si nos detenemos a pensar por qué alguien podría estar dispuesto a irse a vivir en una, entonces si que cobra sentido. Si nos detenemos a pensar cómo este pedazo de madera significa un piso para don Octaviano, un poco de privacidad para don Luis y Teresa, tanta dignidad y reconocimiento para las familias del Ferrocarril, un poco de compañía para don Jose Manuel y la sensación de ser recordado por alguien para don Leopoldo.
Todo esto y más significa una mediagua: un hogar para una familia, una esperanza para los abandonados, un descanso para los exhaustos, y un despertar para nosotros los jóvenes.
Porque sin duda ése es uno de los efectos más maravillosos de los trabajos: la posibilidad de salir de nosotros mismos, de una vez por todas dejar de mirarnos el ombligo, dejar de ahogarnos en un vaso de agua.
Hoy a los jóvenes nos han cargado con una mochila enorme, que nos aisla y nos hace cada vez más débiles. Que los puntajes de la PSU, el éxito en el colegio y la universidad, un cuerpo perfecto, una rebeldía mal entendida y una vida cada vez más centrada en uno mismo. Nuestros sueños son cada vez más pequeños, porque nos han enseñado que no podemos fracasar, nos han enseñado que si nos equivocamos no hay vuelta atrás, nos han enseñado que sólo la perfección vale.
Cuán equivocados estamos, la perfección es un don que sólo puede exigírsele a Dios, nosotros como humanos vamos a caernos una, dos y cien veces. Es de esas caídas que crecemos, que maduramos y aprendemos las lecciones más importantes que marcan nuestras vidas, en especial la de la humildad y la perseverancia.
Humildad para sabernos necesitados del que tenemos al lado,
Humildad para reconocernos pequeños frente a tan grande misión,
Humildad para no creernos héroes por tan poco,
Humildad para seguir aprendiendo cada vez más,
Humildad para nunca mirar a nadie desde arriba, sino para reconocerlo como hermano,
Humildad para saber caernos, y reconocer nuestros errores
Humildad para no tomarnos tan en serio,
Humildad para soñar, sin límites ni restricciones,
Humildad para jugarnos por un ideal,
Humildad finalmente, para ser hombres y mujeres de convicciones firmes, que se atrevan a ponerse en riesgo, a exponerse al ridículo, a luchar por un país mejor.
Así como alguien dijo por ahí: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”
Creo profundamente en cada uno de quienes vivieron los trabajos, y confío que hayan sido una instancia para sacudirnos nuestra cómoda cotidianeidad de encima, para desterrar ese maldito “no estoy ni ahí”, que continuamente ronda en nuestras vidas.
Confío en que hoy (no mañana, nunca mañana por favor), que dejamos los trabajos, no sea el último día, sino el primero. Que cada una de las marcas y las heridas, que cada una de las familias que conocimos, queden guardados en un lugar donde el agua y el jabón no logren borrarlas. Que sea este el primer chispazo que encienda en nosotros un fuego que nos lleve a hacernos cargo de nuestro país. Que encienda en nosotros un fuego capaz de quemar a otros.
Confío que estos trabajos sean una instancia para detenernos, para mirar nuestras vidas con calma y a través de los ojos de los más pobres. Que nos permitan cuestionarnos nuestras vidas, y que nos inviten a deshacernos de ese rincón tranquilo del mundo, en el cuál nos protegemos de todo. Confío que a partir de hoy, demostremos que no somos la generación de la piscola, que podemos vivir sin anestesiarnos, que podemos pensar, proponer, criticar y construir. Que somos mucho más fuertes de lo que parecemos, y que no estamos dispuestos a seguir validando una sociedad comprometida sólo con el consumo y el crecimiento sin sentido. Que no estamos dispuestos a seguir avanzando sin importar el costo, y dejando atrás a tantas familias que esperan de nosotros. No estamos dispuestos a dejar que otra vela se apague o sea pisoteada porque no nos atrevemos a dar el salto y comprometernos en serio y de una vez por todas.
Confío que estos trabajos sean un testimonio imborrable de la realidad de nuestro Chile, y por ende de entrega, servicio y compromiso con nuestro país. Un testimonio, porque como lo dice su significado, al igual que en una posta, debe entregarse, debe pasar a otro de modo de llegar a la meta. Un testimonio no sirve para guardarlo, sino que sirve en la medida que se comparte, que nos impide quedarnos quietos, que nos invita a unimos a otros a este sueño, que nos convierte, como dice el título, en fuegos que encienden otros fuegos. Así, como alguien dijo alguna vez: “apasionados atraen apasionados, y mediocres atraen mediocres”.
¿De que lado estamos nosotros?
Un abrazo grande,
y por favor, NO SE SALVEN.