Este miércoles se publicaron los resultados del Catastro Nacional de Campamentos 2007 realizado por en Centro de Investigación Social de UTPCH. Aún quedan en Chile 533 campamentos, 28.578 familias que siguen viviendo en terrenos prestados, sin agua ni luz, allegados, cesantes y discriminados. Personas que a pesar del desarrollo, de los programas, de los esfuerzos y el trabajo no logran acceder a una vida digna. Estas cifras y porcentajes nos hacen volver a las personas, a cada una de las familias que diariamente se enfrentan a esta realidad, ¿quienes son? ¿cómo viven esta realidad? ¿como desenvuelven su vida cotidiana en estas condiciones?
Son osados y aventureros - se cambian de casa sin ver los diarios ni regodearse por los barrios-, o desprendidos por tan poca prenda; prendidos sí son, y alegres y buenos para el hueveo y la fiesta. A veces andan de mal genio y son buenos para gritar, también para hablar. Te cuentan sin pelos en la lengua sus desgracias, porque es pan de cada día o porque el pudor y la vergüenza se olvidan para que no los olviden. A otros es difícil sacarles palabras por las pocas que conocen o porque la timidez no los deja pronunciarlas. Algunos son aperrados y han pasado la vida despertándose temprano, trabajando 12 horas diarias o buscando frustrados trabajos por horas, por semanas, por temporadas, por cuanto sea y por lo que sea. Otros son más cómodos y cuesta sacarlos de la casa, porque de tanto acostumbrarlos a que los saquen ya no salen solos, y poco hay que los convenza que levantarse vale la pena. Muchos cargan cargas cargadísimas, pasados pesados, mucho sueño soñado no más, mejor dormirse de frentón.
En general viven con su pareja y con los niños (los tuyos, los míos y los nuestros), cuando tienen suerte. Muchos no pueden vivir con sus hijos, porque no caben o porque a veces es mejor que no entren. Todos babean por sus cabros chicos, aunque algunos se los dicen poco, porque no saben cómo o tienen poca paciencia. Estos niños más que piropos, escuchan gritos y retos, que son "unos malos", "unos demonios", "unos tontos" y "unos buenos para nada". De a poco se van convenciendo de eso, como lo hicieron sus padres.
La coquetería femenina se lleva o se deja debajo del colchón mientras pasa el invierno o salen del barro, mejor el buzo para andar por la mugre. Algunas mujeres son unas enamoradizas de sus maridos, y esperan que pase rápido el día para conversar y regalonearse de noche. Otras prefieren ver al príncipe azul en las teleseries, en su historia mejor usar la cabeza para no hacer repetir a sus hijos lo que vivieron ellas. Pero muchas veces la historia pesa más de lo que quisieran, y no saben cómo, han llegado a vivir como sus madres.
A algunos hombres les gusta que los atiendan después del trabajo, y antes. Ser servidos después de tanto servir; dueños y poderosos al fin, descargar los reclamos en mandados, después les tocará a ellas con los chicos, y los chicos esperarán a grandes. Conseguir la casa propia es el sueño de todos, el baño en la casa y la primera ducha tiene que durar horas. La plata para la libreta es como el boleto de la lotería, y el juntar fondos un difícil desafío para trabajar en conjunto.
Se agradece comiendo en cantidad, con grandes panes amasados y carbonadas. Critican poco, porque mucho de lo poco que han tenido es malo y sin muchos puntos de comparación es difícil exigir lo justo.
Son algo de eso, de esa, de este, de ella, un poco de ti otro de yo, así de complejos, llenos de contradicciones y de dudas, de miedos y sueños, y buscan como todos, encontrar el amor.
En general viven con su pareja y con los niños (los tuyos, los míos y los nuestros), cuando tienen suerte. Muchos no pueden vivir con sus hijos, porque no caben o porque a veces es mejor que no entren. Todos babean por sus cabros chicos, aunque algunos se los dicen poco, porque no saben cómo o tienen poca paciencia. Estos niños más que piropos, escuchan gritos y retos, que son "unos malos", "unos demonios", "unos tontos" y "unos buenos para nada". De a poco se van convenciendo de eso, como lo hicieron sus padres.
La coquetería femenina se lleva o se deja debajo del colchón mientras pasa el invierno o salen del barro, mejor el buzo para andar por la mugre. Algunas mujeres son unas enamoradizas de sus maridos, y esperan que pase rápido el día para conversar y regalonearse de noche. Otras prefieren ver al príncipe azul en las teleseries, en su historia mejor usar la cabeza para no hacer repetir a sus hijos lo que vivieron ellas. Pero muchas veces la historia pesa más de lo que quisieran, y no saben cómo, han llegado a vivir como sus madres.
A algunos hombres les gusta que los atiendan después del trabajo, y antes. Ser servidos después de tanto servir; dueños y poderosos al fin, descargar los reclamos en mandados, después les tocará a ellas con los chicos, y los chicos esperarán a grandes. Conseguir la casa propia es el sueño de todos, el baño en la casa y la primera ducha tiene que durar horas. La plata para la libreta es como el boleto de la lotería, y el juntar fondos un difícil desafío para trabajar en conjunto.
Se agradece comiendo en cantidad, con grandes panes amasados y carbonadas. Critican poco, porque mucho de lo poco que han tenido es malo y sin muchos puntos de comparación es difícil exigir lo justo.
Son algo de eso, de esa, de este, de ella, un poco de ti otro de yo, así de complejos, llenos de contradicciones y de dudas, de miedos y sueños, y buscan como todos, encontrar el amor.
Magdalena Zarhi
Sicóloga educacional
Infocap en Campamentos



