La primera vez que escuché que alguien era declarado “inviable” fue en el verano de 1999, en Puerto Príncipe (Haití). En ese entonces todo el país había sido considerado “inviable” por la comunidad internacional dado su complejo escenario político-social; por múltiples razones estaban en un estado muy deteriorado y la ayuda internacional para el desarrollo fue drásticamente limitada; me señalaron que era un país en “bancarrota” y como tal no podía ser sujeto de crédito. Algo similar se escucha en las calles de Bogotá cuando se refieren a las personas que viven en la calle, llamándolas los “desechables”. Recientemente, la Fundación Ideas constató que en Chile se ha acentuado el temor, prejuicio y descalificación hacia quienes viven en indigencia –especialmente en la calle- y que la mitad de los encuestados sostienen que quien vive en pobreza es “flojo”.
Tuve la oportunidad de participar –junto al Ministro de Mideplan y más de 120 voluntarios- en el primer censo que se hace en Chile a las personas que viven en la calle. Partimos por la comuna de Estación Central en Santiago; fueron censadas 560 personas, de las cuales la gran mayoría alojada en hospederías del Hogar de Cristo y unas 90 en la calle misma. Conocimos a muchos de los “invisibles”, es decir, a aquellos que viéndolos cada día no los vemos, pasamos a su lado y no los conocemos, pasan a ser parte de la geografía física y a lo más les entregamos alguna moneda. Para algunos estas personas generan problemas, otros han establecido un lazo con ellos, y unos pocos han procurado hacerlos parte de su vida.
“La pobreza es como una fortaleza sin puente levadizo”, señaló Albert Camus. Y la verdad es que para estos “inviables”, “desechables”, “indigentes” e “invisibles”, la vida pasa a ser una verdadera prisión, y el sentimiento de indignidad, dolor, desesperanza, y abandono va tomando parte cada vez más importante de su vida. Ellos no son los del éxito, no se mantienen físicamente perfectos, no se han hecho cirugía plástica, ni siquiera andan a la moda, no tienen contactos ni currículo para ser considerados en el mundo como “socialmente rentables”, “inversión a futuro” o con “capital humano”, pasan a ser la “escoria” de nuestra sociedad. Sin embargo, lo creamos o no, lo sintamos o no, ellos son seres humanos, son personas, tienen una historia y poseen capacidades naturales muchas veces opacadas o simplemente no desarrolladas.
Aquella noche encontramos a Don Luís y a la familia Trincado, el primero un callejero desde la adolescencia y refractario a la ayuda social, los segundos una familia de cuatro personas con dolorosos sentimientos de injusticia, con rabia y agresividad guardada contra la sociedad. Son historias tan diversas, cada una diferente y cada una merece la delicada atención nuestra. ¿Qué hay que hacer frente a ellos? ¿Sólo subsidiarlos, asistirlos, mantenerlos?, ¿o es posible trabajar por su integración, por la reconstrucción de su dignidad dañada?¿Puede algún ser humano, familia, comunidad, etnia, nación o continente, ser declarado “inviable”? En el pasado reciente se consideraba “pseudo humanos” a los indígenas, los africanos, los discapacitados físicos y psíquicos, los indigentes y los ancianos (recordemos la experiencia de Grecia donde varios de ellos se quitaban la vida por “inservibles”); en muchos casos aún siguen siendo vistos como inferiores, incapaces, inhábiles o “ignorantes”. Detrás de todo esto hay un menosprecio, una descalificación, a su dignidad como seres humanos y con esto se los priva aun más de la posibilidad de desarrollarse, de crecer y de integrarse.
¡Dónde hay un ser humano, hay viabilidad!, esa es la experiencia diaria del hogar de Cristo. Desde 1944 cientos de miles de personas declaradas “inviables” o “invisibles” para nuestro país, han recuperado su dignidad perdida, han retomado el control de sus vidas; niños y jóvenes, adultos y ancianos, familias y comunidades , han reencontrado su maravillosa humanidad y han vuelto a tener esperanza, confianza y alegría. Haití, gran parte de África, algunos países de América Latina, muchas personas y familias de Chile que hoy viven en la extrema miseria, lo que merecen por justicia son oportunidades cada vez mayores de desarrollo. Esa es la única forma de destruir la “fortaleza” que los mantiene sin poder crecer y permitir así que sus vidas sean controladas por ellos mismos y no por las circunstancias.
¡Dónde hay un ser humano, hay viabilidad!, esa es la experiencia diaria del hogar de Cristo. Desde 1944 cientos de miles de personas declaradas “inviables” o “invisibles” para nuestro país, han recuperado su dignidad perdida, han retomado el control de sus vidas; niños y jóvenes, adultos y ancianos, familias y comunidades , han reencontrado su maravillosa humanidad y han vuelto a tener esperanza, confianza y alegría. Haití, gran parte de África, algunos países de América Latina, muchas personas y familias de Chile que hoy viven en la extrema miseria, lo que merecen por justicia son oportunidades cada vez mayores de desarrollo. Esa es la única forma de destruir la “fortaleza” que los mantiene sin poder crecer y permitir así que sus vidas sean controladas por ellos mismos y no por las circunstancias.
Benito Baranda Ferrer







