martes, 22 de mayo de 2007

Para que haya PATRIA


Es sorprendente caer en la cuenta de que este aviso, publicado hace ya casi 60 años en algún periódico de la época, podría perfectamente aparecer en un diario cualquiera alguno de estos días. ¿La tremenda actualidad del Padre Hurtado? ¿o una deuda con la patria aún no resuelta?


Aún perdura la impresión reconfortante que cada año trae a nuestros espíritus el recuerdo de la máxima epopeya nacional y, todo chileno, que en el fondo es profundamente patriota, vibra ante el valor de nuestros héroes.
Cuando las emociones de las grandes fiestas pasan, se deja oír, sin embargo, el eco de una queja: el patriotismo disminuye; Chile no dice a los hombres de hoy lo que decía a los de las generaciones que nos precedieron. Yo creo que hay verdad en esta observación, pero antes que continuar lamentándose, busquemos sus causas.
Sólo me voy a detener en una: para que el amor de la patria pueda mantenerse, se requiere que ésta ofrezca a sus ciudadanos un minimum de condiciones a su espíritu, a su cuerpo, a su vida individual y familiar, a sus aspiraciones de cultura, de ascensión, que les permitan sentirse plenamente hombres, ciudadanos conscientes y con oportunidades de progreso. Si esto falta, si la vida de gran número de ciudadanos es inhumana, todas las campañas en pro del patriotismo están condenadas al fracaso: más aún; germinarán en el alma de los chilenos sentimientos de rencor.
Accediendo a la invitación de unos celosos párrocos, he ido a ver algunas de las nuevas “poblaciones callampas”, y otras más antiguas que existen en la periferia de nuestra ciudad. Imposible describir lo que he visto, a pesar de haberlo visto tantas veces: cuatro palos que sirven de pilares; algunos ladrillos mal parados, a veces gangochos, y por techo latas mal unidas, y algunos trozos de fonolita. Por piso, la tierra que absorbe toda la humedad y la evapora permanentemente, engendrando la tuberculosis. Algunas “casas” con cañas de maravilla embarradas. Después de estas lluvias las habitaciones han sido charcos. Una pobre mujer me decía: “ Anoche no teníamos postura. Se me han mojado todos los monos y estamos todos enfermos....” Y no eran palabras, pues pudimos constatar esa realidad. Con la última lluvia, varios de estos ranchos se cayeron, haciendo peligrar la vida de sus habitantes. Y estas casas no son ni una, ni diez, ni cien...¡son miles!
Tres distinguidos viajeros, en diferentes ocasiones, han querido visitar los barrios obreros, porque hasta ellos en Europa había llegado el eco de la miseria de las habitaciones populares en Chile. Uno de ellos decía: “Habitaciones como ésta no he visto en ninguna parte del mundo; quizás las haya en algún rincón de Asia, pero yo no las he visto”. Otro, al llegar a un barrio obrero de este tipo me preguntó. ¿Son pesebreras? Podrá comprenderse cuál sería mi dolor al tener que decirle quienes vivían en ellas. Y se cuenta del fundador de uno de los más grandes movimientos sociales mundiales, que al visitar uno de estos barrios dijo, no en tono de reproche, pero sí con profunda amargura: “Un país que tolera esta miseria, no puede subsistir”.
Confieso honradamente que durante un viaje hecho a Europa desde julio de 1947 a febrero de 1948, por más que he tratado de descubrir los barrios más miserables, aún de los países más fuertemente castigados por la guerra, no he encontrado nada semejante a la miseria de nuestros barrios obreros chilenos. Y lo digo, no en son de crítica, sino profundamente dolido ante la gravedad del problema y con miras de sugerir una solución parcial y modesta.
Si queremos resolver el problema de la vivienda de forma adecuada, sería necesario esperar muchos años. Faltan 400.000 casas. Una casa moderna tipo “caja de la habitación” cuesta por lo menos $80.000, lo que supondría un capital de $32.000.000.000. ¿De dónde sacarlo? ¿Y dónde obtener los materiales, y los obreros para una acción rápida?
Si el problema no puede resolverse en toda su integridad, ¿por qué no ensayar al menos resolver ciertos aspectos de él, que no aguardan mañana?
Con esta preocupación ante los ojos, el Hogar de Cristo, que ha construido ya tres hospederías para recoger a los vagabundos que no tienen más casa que la calle, ni más techo que el cielo (en ellas el año 1947 se dieron más de 100.000 alojamientos), quisiera colaborar en forma aún más eficiente a la solución del problema de la habitación.
El Hogar de Cristo se propone iniciar la construcción de viviendas de emergencia , no viviendas definitivas, sino viviendas humanas como las que se construye después de un terremoto, pero en forma tal que pueda vivirse en ellas humanamente. La idea es por el momento un proyecto, pero que espera convertirse en realidad si cuenta con entusiasta acogida. El Hogar tiene por el momento un plan, el ofrecimiento generoso de muchos jóvenes obreros, empleados y universitarios que forman la ASICH (Acción Sindical Chilena), que se han ofrecido para formar una brigada gratuita del trabajo, y cuenta además con el óbolo de una persona generosa que le ha ofrecido $10.000 para financiar la primera vivienda de emergencia.
El proyecto consiste en solicitar de los particulares y del Gobierno terrenos adecuados en qué construir estas viviendas de emergencia, que se arrendarían o se venderían a las familias más menesterosas. El costo de construcción se reduciría al mínimo.
Para que el proyecto se transforme en realidad se requiere que se aúnen los esfuerzos de almas generosas que ofrezcan su limosna “para que una familia tenga casa”, de industriales que ofrezcan materiales, de técnicos que aporten su colaboración, de hombres que ofrezcan sus brazos...y lo más nos urge, de quienes ofrezcan terrenos en qué poder realizar estas construcciones. Lo pedimos todo y estamos seguros de conseguirlo, con la misma y mayor generosidad que ha permitido realizar las primeras hospederías del Hogar de Cristo. A las almas de buena voluntad les pedimos dirigir sus respuestas a casilla 597, Santiago. A nosotros no nos ha correspondido defender la patria en la guerra, sino construirla en la paz. Esta tarea no es menos grande que aquélla.
27 de mayo de 1948
Padre Alberto Hurtado s.j.