Hace unos días, navegando por Internet, me decidí a ir en la búsqueda de más datos y opiniones sobre el Transantiago, algunas claves y pistas que me permitieran analizar la realidad más allá de las información “oficial” que se publica en los diarios “serios”. Ya que tanto oposición como gobierno están determinados a tratar este tema como si fuera sólo un problema político, decidí internarme en el amplio mundo de la opinión sin partidismo ni censura, donde cada uno expresa sus experiencias sobre el nuevo sistema de transportes. Innumerables páginas de reclamos y de humor satírico me fueron mostrando las vivencias de todo tipo de santiaguinos que día a día luchan por viajar a sus trabajos, lugares de estudio y casas. Chistes como el de arriba, y otros más irreverentes, me hicieron reír hasta con lágrimas a mí y a todos los curiosos que pasaban detrás de mi pantalla y se decidían a mirar.Pero estas risas ocultan una triste realidad que pocas veces se nos muestra tan de frente como en estos meses. El Transantiago a puesto de relieve ese abismo tantas veces mencionado entre los pobres y los ricos, entre quienes dependen del sistema público y quienes pueden arreglárselas de forma privada. Esa “escandalosa desigualdad” de la cual todo el mundo se llena la boca, que se nos muestra en gráficos y porcentajes, se manifiesta de forma concreta en atmósferas tan cotidianas como movilizarse al trabajo. Los atochamientos del Transantiago sacaron a la vía pública un problema que muchos chilenos viven día a día en distintas esferas de su vida diaria. Las colas de los paraderos se parecen a las de los consultorios, la impotencia de depender de un mal sistema de transportes se parece la impotencia de depender de un mal sistema educacional. Y el silencio sepulcral de los políticos se parece al mismo silencio que reciben por respuesta tantos chilenos que viven en la pobreza cuando presentan sus quejas. En fin, la injusticia sale a las calles, la indignidad se hace visible para todos, los dos Chiles se hacen patentes. No sacamos nada con hacernos los tontos. Chocamos de frente con ese Santiago segregado, clasista e injusto. Lo que no queríamos ver sale a la calle...Este no es un problema nuevo, es un problema que se vive de forma diaria hace mucho tiempo: las inundaciones todos los inviernos, las casas Copeva, los bajos puntajes de la PSU de quienes se educan en la educación pública, la discriminación por origen social a la hora de presentarse a un trabajo, las deficiencias en el área salud y para que decir la pervivencia de los campamentos, son otros ejemplos de lo mismo. La pesadilla no se reduce a algunas horas de viaje, se vuelve algo cotidiano.
En el fondo, las soluciones se piensan en números y no en personas. La capacidad máxima de un vagón de metro o de una micro se mide en kilos o metros cuadrados, pero no en comodidad de los pasajeros. Como sociedad, nos cuesta entender que los pobres no son cifras a disminuir, índices que mejorar, ni votos con los cuales contar: son personas que día a día viven lo que esas cifras grafican, víctimas de un país que se esfuerza por mostrarse desarrollado sin preocuparse de los trapos sucios que se acumulan en el patio trasero. El Transantiago ha hecho conciente a todo Chile de esa realidad cruda que se vive en la pobreza: ojalá no sea sólo un episodio político como muchos nos han hecho creer, sino un abrir los ojos a un problema social que se resiste a permanecer en las sombras.



