lunes, 26 de marzo de 2007

En boca de todos: el Transantiago

Hace unos días, navegando por Internet, me decidí a ir en la búsqueda de más datos y opiniones sobre el Transantiago, algunas claves y pistas que me permitieran analizar la realidad más allá de las información “oficial” que se publica en los diarios “serios”. Ya que tanto oposición como gobierno están determinados a tratar este tema como si fuera sólo un problema político, decidí internarme en el amplio mundo de la opinión sin partidismo ni censura, donde cada uno expresa sus experiencias sobre el nuevo sistema de transportes. Innumerables páginas de reclamos y de humor satírico me fueron mostrando las vivencias de todo tipo de santiaguinos que día a día luchan por viajar a sus trabajos, lugares de estudio y casas. Chistes como el de arriba, y otros más irreverentes, me hicieron reír hasta con lágrimas a mí y a todos los curiosos que pasaban detrás de mi pantalla y se decidían a mirar.
Pero estas risas ocultan una triste realidad que pocas veces se nos muestra tan de frente como en estos meses. El Transantiago a puesto de relieve ese abismo tantas veces mencionado entre los pobres y los ricos, entre quienes dependen del sistema público y quienes pueden arreglárselas de forma privada. Esa “escandalosa desigualdad” de la cual todo el mundo se llena la boca, que se nos muestra en gráficos y porcentajes, se manifiesta de forma concreta en atmósferas tan cotidianas como movilizarse al trabajo. Los atochamientos del Transantiago sacaron a la vía pública un problema que muchos chilenos viven día a día en distintas esferas de su vida diaria. Las colas de los paraderos se parecen a las de los consultorios, la impotencia de depender de un mal sistema de transportes se parece la impotencia de depender de un mal sistema educacional. Y el silencio sepulcral de los políticos se parece al mismo silencio que reciben por respuesta tantos chilenos que viven en la pobreza cuando presentan sus quejas. En fin, la injusticia sale a las calles, la indignidad se hace visible para todos, los dos Chiles se hacen patentes. No sacamos nada con hacernos los tontos. Chocamos de frente con ese Santiago segregado, clasista e injusto. Lo que no queríamos ver sale a la calle...Este no es un problema nuevo, es un problema que se vive de forma diaria hace mucho tiempo: las inundaciones todos los inviernos, las casas Copeva, los bajos puntajes de la PSU de quienes se educan en la educación pública, la discriminación por origen social a la hora de presentarse a un trabajo, las deficiencias en el área salud y para que decir la pervivencia de los campamentos, son otros ejemplos de lo mismo. La pesadilla no se reduce a algunas horas de viaje, se vuelve algo cotidiano.
En el fondo, las soluciones se piensan en números y no en personas. La capacidad máxima de un vagón de metro o de una micro se mide en kilos o metros cuadrados, pero no en comodidad de los pasajeros. Como sociedad, nos cuesta entender que los pobres no son cifras a disminuir, índices que mejorar, ni votos con los cuales contar: son personas que día a día viven lo que esas cifras grafican, víctimas de un país que se esfuerza por mostrarse desarrollado sin preocuparse de los trapos sucios que se acumulan en el patio trasero. El Transantiago ha hecho conciente a todo Chile de esa realidad cruda que se vive en la pobreza: ojalá no sea sólo un episodio político como muchos nos han hecho creer, sino un abrir los ojos a un problema social que se resiste a permanecer en las sombras.

domingo, 18 de marzo de 2007

ENCUENTRO DE ESCUELAS

¡Atención secundarios! Este sábado 24 de Marzo a las 16:00 hrs en el colegio San Ignacio del Bosque (Pocuro con Avda. El Bosque, Providencia) se llevará a cabo el ENCUENTRO DE ESCUELAS OSORNO 2007. Es una instancia en la que compartiremos todos los voluntarios en torno a lo que vivimos estos trabajos de verano. Así que todos los que fueron parte de lo que pasó en Río Negro, Osorno, San Juan de la Costa, Puyehue y San Pablo están invitados a recordar y compartir en torno a lo vivido y a recargar pilas para lo que se viene. Nos vemos ahí...

martes, 13 de marzo de 2007

Las "soluciones"




viernes, 9 de marzo de 2007

A propósito del día de la mujer: Las nanas…los bemoles de una profesión muy personal.

Las empleadas domésticas, “nanas” como las llamamos en Chile, son para nosotros una verdadera institución. Prácticamente no hay familia más o menos acomodada que no cuente con una o dos mujeres que cumplan con esta multifacética labor. Puertas afuera o puertas adentro se desempeñan en las más variadas áreas de la labor doméstica: cocina, limpia, ordena la casa, cuida a los niños, al perro, lava la ropa e incluso nos acompaña a veranear. Para muchos es una segunda mamá, una confidente, aquella que nos aguanta todas las mañas. Por tradición, nos hemos acostumbrado como sociedad a considerar su presencia indispensable en nuestras casas, muchas veces como si fuera parte de la familia en la que trabaja. Aunque tampoco nos olvidamos de que por muy cercana que sea, no es familia... Una institución que revela en nuestra vida cotidiana el clasismo de nuestra sociedad, nuestro clasismo.

Primera evidencia de nuestro clasismo, el saludo. Entramos a la casa de un amigo, saludamos de beso a su mamá y a sus hermanos, pero a la nana, que es la primera a la que vez cuando te abre la puerta, solo un “buenas tardes…” a la distancia. Un formal “usted” que en vez de expresar respeto crea un abismo entre personas que se conocen, que seguramente se tienen confianza, pero que no son de la misma clase social. ¡No me vayan a confundir con el hijo de la nana! Sí, nos queremos y nos conocemos, pero somos distintos, no hay que olvidarse, cada cual en su lugar.
Esta misma escena se repite más tarde cuando a la hora de comida viene la nana a retirar los platos y nadie le ofrece ayuda, pero cuando es la mamá de mi amigo la que lo hace un educado “Tía, ¿la ayudo?” no se deja esperar.
Y después las palabras en agradecimiento de la comida van para la dueña de casa y no para la nana que se pasó cocinando toda la tarde…
Nuestra “buena educación” se reserva sólo para algunas personas… la discriminación y el clasismo se cuelan delante de nuestras propias narices.

Y la lista de actitudes puede hacerse interminable: dejar mi ropa tirada en la pieza y no ordenarla en el closet, hacerme un sándwich a la hora del té y dejarle toda la cocina sucia, dejar el caos en la casa después de un carrete, levantarme a las 1.00 el día Sábado y esperar que me haga la cama y el desayuno cuando tiene que hacer el almuerzo, poner la mesa, ordenar, vestir a mis hermanos chicos… En pocas palabras: despreciar su trabajo. Pasar por nuestra casa como un huracán, desordenando todo lo que ella ordenó antes y volverá a ordenar una vez que yo haya pasado. Es que en el fondo, no somos concientes de todo lo que hacen por nosotros, el trabajo de un día se desarma en un segundo por alguno de nuestros caprichos, por nuestra flojera, por nuestro clasismo. Aquella persona que consideramos fundamental en realidad no es para nosotros más que un actor secundario cuyo trabajo en la obra de teatro que es mi hogar es poco importante y prescindible.

Luego vienen algunas exigencias que parecen casi sobrehumanas. Las nanas “puertas adentro” son quizás el caso más dramático. Mujeres que dejan a su familia por largos períodos de tiempo y duermen todos los días en una casa que no es suya porque a los patrones les da lata meter los platos a la lavadora después de comida o levantarse más temprano a hacerle el desayuno a sus hijos escolares. Ojalá que el fin de semana se quede despierta hasta que los jóvenes lleguen del carrete o los padres de una comida, cuidando a la casa y a los niños chicos. Desarraigo y soledad son sentimientos cotidianos de mujeres que viven con una familia pero nunca se sienten realmente parte. Mujeres que se desviven por hijos ajenos, que preparan fiestas en las que no son fotografiadas y que mientras todos van a misa el domingo se quedan ordenando y preparando el almuerzo sin que nadie les pregunte si quieren satisfacer sus necesidades religiosas.
Las “puertas afueras” tampoco se quedan atrás… viajes desde la periferia de Santiago en micro a las 5.30 de la mañana para llegar a las 7.00 a prepararle el desayuno a la señora que está esperando en la cama a que llegue su bandeja. Y de vuelta a su casa a las 9.00 de la noche… cuando por fin llega a su destino final sus hijos y marido duermen y le queda todo el trabajo por hacer en su propia casa, porque las nanas no tienen quien les haga el aseo.

Por último, el uniforme. Mientras está en el trabajo se viste con ese delantal a cuadraditos celeste con blanco que todos conocemos. Esta bien tener un uniforme de trabajo, pero bajar a la playa vestida de nana con 30ºC de calor a ver que los niños no se pierdan mientras los demás se refrescan en el mar es mucho… Además, no hay que ser muy ciego para darse cuenta de que esta particular vestimenta no es sólo un uniforme de trabajo sino un signo claro de la diferencia entre empleado y empleador, entre dueña de casa y nana. La muestra concreta y tangible de nuestro clasismo.

Y después de todo este sacrificio algunos dirán: “¡la paga debe ser buena!”. Y en realidad nos damos cuenta de que muchas de nuestras nanas después de largos años de trabajo siguen viviendo en campamentos, no pueden pagar una educación digna para sus hijos y al menor problema de salud se ven sin resguardo… porque el patrón nunca habló de imposiciones.

Una realidad cotidiana que nos deja pensando, con una espina de culpabilidad clavada que disimulamos con diferentes excusas: “siempre se ha hecho así”, “en todos lados es lo mismo”, “no es mi casa” o “igual todos en la casa la queremos”. Muchas veces hablamos de clasismo, de indignidad, de injusticias… ¿nos hemos detenido a pensar como esto se da en nuestra propia casa?

M. Soledad Del Villar

miércoles, 7 de marzo de 2007

El problema...