lunes, 16 de abril de 2007

¿POR ellos o CON ellos?



Como voluntarios siempre estamos pensando en nuestras responsabilidades con el mundo que nos rodea. Vemos sufrimiento, miseria, soledad y dolor y algo nos aprieta dentro... Por lo mismo nos decidimos a actuar, percibimos que algo anda mal y nos abocamos a solucionarlo, con los medios que tengamos, desde donde estamos. Y nos dedicamos largas horas a pensar y discutir como relacionarnos con la pobreza, cual es nuestro rol en su superación, que tenemos que hacer, cuanto tenemos que sacrificar. Incluimos en nuestras vidas un mundo distinto al nuestro y nos sentimos con la responsabilidad de cambiarlo, incluso muchas veces pensamos que somos los únicos que podemos hacerlo, por nuestras capacidades, estudios, oportunidades. Es más, casi inconscientemente terminamos pensando que nosotros somos los únicos que efectivamente hacen algo, los únicos que quieren realmente superar la pobreza, los únicos preocupados de ella.
Esta actitud nos hace olvidar que quienes primero luchan por superar la pobreza son los que la padecen. Las familias con las que construimos mediaguas, las personas a las que hacemos clases, los campamentos que intervenimos no son sujetos pasivos de nuestra acción sino activos, mucho más activos que nosotros a la hora de luchar contra la pobreza. Siempre nos acordamos de esos 3 días que estuvimos construyendo una casa y nos olvidamos de los dos meses en que esa familia trabajo para conseguir los $30.000 para pagarla. Pensamos en lo sacrificados que somos al gastar gran parte de nuestro tiempo en micros y traslados a los campamentos y nos olvidamos de que cada día las personas que viven ahí hacen recorridos peores para dar un sustento a sus familias.
Nos concentramos tanto en trabajar POR otros de que nos olvidamos de que en realidad estamos trabajando CON otros. Lo digo a raíz de algo que me pasó hoy día. Haciendo clases en Infocap, les pedí a las alumnas de mi curso que en grupos analizaran distintos poemas de Pablo Neruda y luego hicieran una exposición al curso. Felices se pusieron a leer poesía, a comentarla, a identificarse con los distintos sentimientos que expresaba. El último grupo trabajó sobre la “Oda a la pobreza”. En este poema, de sobra conocido por aquel que alguna vez haya ido a trabajos, el autor comienza describiendo una infancia y juventud atormentada por la carencia para finalizar desafiando a la pobreza, amenazándola con un combate implacable que terminará por expulsarla de la tierra. Las chiquillas presentaron los resultados de su análisis y concluyeron la exposición respondiendo a la pregunta: ¿Qué aspectos me identifican del poema? Y la respuesta fue para mí al mismo tiempo una obviedad y un gran descubrimiento. Ellas se identificaban plenamente con lo que decía Pablo Neruda ya que todas habían vivido una infancia y una juventud muy pobres y ahora que eran adultas tenían las mismas ganas de combatir la pobreza que el poeta. La desafiaban todos los días trabajando duramente para dar una mejor educación y bienestar a sus hijos, para prepararles un futuro y darles en el presente todo lo que ellas no tuvieron. El curso completo se sintió identificado, un gran sentimiento de complicidad inundó la sala, por unos segundos todas nos dimos cuenta de que trabajábamos por lo mismo: por terminar con las injusticias, por dar oportunidades a otros, por luchar contra la pobreza y dignificar a aquellos que queremos. En el fondo, todas nos dimos cuenta de que no estábamos solas en esto.
Descubrir esto nos descoloca. Ese sueño medio utópico que nos incentiva a actuar es para otros realidad concreta y diaria, nuestro ideal de entregar la vida por los que sufren es cumplido cabalmente por los más pobres de nuestro país. En el fondo, nos damos cuenta de que toda la pega no la hacemos nosotros sino ellos. Por un momento vemos el mundo desde los ojos de otro y nuestras pretensiones se desmoronan. Para mi fue un gran golpe al ego. Dejé de pensar un rato en mí y me puse a pensar realmente en aquellas personas por las cuales trabajaba. Y me di cuenta de que no era yo la que trabajaba POR ellas, sino que era una más, que trabajaba CON ellas. De un segundo a otro dejé de ser la protagonista. Esas mujeres ya no eran objetos de mi voluntariado sino sujetos activos, compañeras... nuestros ideales eran los mismos, solo que yo los hacía realidad desde el pizarrón, ellas desde su asiento. Me di cuenta de que mis alumnas consagran su vida a superar la pobreza, de que el sentido de todo lo que hacen está dado por otros, por sus hijos, su familia. De que para ellas pensar en un futuro mejor, no es remitirse a una utopía sino a una palpitante realidad que concretan todos los días.
Dije que esto era una obviedad y a la vez un gran descubrimiento. Obvio, porque quien más indicado para luchar contra la pobreza que aquel que la vive. Novedoso, porque como voluntarios nunca pensamos en eso. Nos concentramos tanto en lo que nosotros queremos y debemos hacer, en como a nosotros nos afecta esta realidad, en cuales son nuestras responsabilidades que nos olvidamos de que en primer lugar, lo que nos debería importar no son nuestras actitudes sino sus realidades.
Sole Del Villar

lunes, 9 de abril de 2007

Presión social y de cercanos inhibe a los jóvenes vivir abiertamente su fe



Ser consecuente con las propias creencias puede significar desde miradas incómodas hasta pérdida de amigos, según algunos. Lo confirma el vicario Galo Fernández.


El año pasado, por haber recibido el sacramento de la confirmación, Paz Crisóstomo (20) perdió varios de sus amigos. "Me dijeron que no se iban a juntar más conmigo porque era demasiado santa para ellos", cuenta aún extrañada.
A José Cumio (20) le pasó algo parecido cuando empezó a integrar un grupo de ayuda social en Peñalolén. "A veces me invitaban a carretear y les decía que no podía porque tenía esta actividad, y me miraban con cara de '¿estás leseando, cierto?' ".
La opinión de los cercanos es un factor que lleva a muchos jóvenes a cohibirse a la hora de vivir su fe. Una situación que se acrecienta luego de egresar del colegio, según aprecia el vicario de la Esperanza Joven, Galo Fernández.
"En la universidad es donde la idea de ser ateo, agnóstico o lejano de la Iglesia se vuelve más fuerte y hasta agresiva. Hay jóvenes que tienen que ser muy valientes para mantener sus convicciones pese a las burlas, críticas y caricaturas", señala el sacerdote.


"Bichos raros"
Isabel Álvarez (22) va a trabajos solidarios cada vez que puede y no falta a misa los días domingo. "En general, no me cohíbo al opinar, pero siempre está la sensación de ser el bicho raro", cuenta.
Las explicaciones para el fenómeno son diversas. Una de ellas es cultural. "Vivimos en un mundo en que prima la búsqueda de placer por sobre la preocupación por problemas humanos profundos. Eso hace que el joven de fe se sienta inadaptado a un medio que le es ajeno", sostiene Pilar Bustamante, psicóloga de la Clínica Santa María.
La profesional asegura que entre los jóvenes hay una falta de vivencias de fe que se debería, en buena medida, a que los padres están dejando la formación valórica en manos de los colegios.
Un diagnóstico avalado por las cifras. Según la Encuesta Bicentenario UC-Adimark, sólo el 30% de los jóvenes de entre 18 y 24 años confía en la Iglesia Católica, la cifra más baja entre grupos etarios. En el mismo estudio, el 80% de los padres católicos declaró querer que sus hijos decidan solos sus creencias, sin su intervención o influencia.
"Cuando se viene de un ambiente de fe desde chica, uno no siente temor. A mí me han respetado siempre mis amigos, porque siempre he sido así", dice Analía Adones (26), quien formó una comunidad en una parroquia de San Joaquín.
La falta de modelos entre los jóvenes es otro factor que detecta Bustamante. "Los grupos rockeros tienen calaveras, sangre o alusiones a la muerte, y los contenidos de los medios son más de una cultura de la muerte que del amor", asevera.
Para el padre Galo Fernández también es relevante incorporar al análisis el grado en que las demandas que implica la educación superior complican la participación de los jóvenes.
Amistad diferente
Gunther Krogh (22) ha dedicado las últimas semanas a preparar los retiros para jóvenes que la parroquia de la Anunciación de Av. Pedro de Valdivia realiza este fin de semana. "Muchas veces la gente piensa que uno pierde tiempo en esto, pero para uno es un trabajo serio, como ir a la universidad", señala.
Eso le ha significado un distanciamiento de varios de sus amigos. Lo que no quiere decir que la fe termine aislando a los jóvenes.
José Cumio, por ejemplo, dice haberse ganado el respeto de sus amigos, entre los que hay metaleros, góticos y anarquistas. "Ellos han conocido de parte mía una amistad diferente, en la cual encuentran apoyo, consejos, la oportunidad de desahogarse, de ser ellos mismos", dice.
Según el padre Fernández, el desafío no es sólo de los católicos, sino de los jóvenes en general, pues enfrentan un mundo en que hay menos propuestas claras de sentido de la vida."Hoy están en juicio los grandes principios de lo sano, bueno y conveniente. Todo es relativo y eso lleva a la desorientación", explica el vicario.


Artículo publicado en Emol.com por Manuel Fernández Bolvarán

martes, 3 de abril de 2007

En Semana Santa unas palabras del Padre Hurtado...

TRABAJAR AL RITMO DE DIOS

Alberto Hurtado SJ

Un apostolado organizado requiere en primer lugar un hombre entregado a Dios, un alma apostólica, completamente ganada por el deseo de comunicar a Dios, de hacer conocer a Cristo; almas capaces de abnegación, de olvido de sí mismas, con espíritu de conquista. La organización racional del apostolado, exige precisamente, que lo supra racional, esté en primer lugar. ¡Que sea un santo! En definitiva, no va a apoyarse sobre los medios de su acción humana, sino sobre Dios. Lo demás vendrá después: que trabaje no como guerrillero, sino como miembro de un Cuerpo, en unión con todos los demás, aprovechándose de todos los medios para que Cristo pueda crecer en los demás, pero que primero la llama esté muy viva en él.

Un santo es imposible si no es un hombre; no digo un genio, pero un hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos toman en serio el llegar a serlo.

El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se somete sin esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él. Si se marcha más despacio que los acontecimientos; si se ve las cosas más chicas de lo que son; si se prescinde de los medios indispensables, se fracasa. Y no puede sernos indiferente fracasar, porque mi fracaso lo es para la Iglesia y para la humanidad. Dios no me ha hecho para que busque el fracaso. Cuando he agotado todos los medios, entonces tengo derecho a consolarme y a apelar a la resignación. Muchos trabajan por ocuparse; pocos por construir; se satisfacen porque han hecho un esfuerzo. Eso no basta. Hay que amar eficazmente.

El equilibrio es un elemento preciso para un trabajo racional. Vale más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos para el trabajo de cada día. Equilibrio no quiere decir, en ninguna manera, un buen conjunto de cualidades mediocres, se trata de un crecimiento armónico que puede ser propio del hombre genial, o una salud enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlas por una adhesión más firme a la verdad, de completarse en Dios por el amor.

La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación; la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia; la fe, suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre sitio para el amor fraternal de Cristo; la evasión estéril está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de oración, y de insaciable deseo. El hombre no puede equilibrarse sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos valores de que él es capaz.

El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil, trabajo fácil, comidas, descansos. Es bueno recordar que en muchos casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.

¿A qué paso caminar? Una vez que se han tomado las precauciones necesarias para salvaguardar el equilibrio, hay que darse sin medirse, para obtener el máximo de eficacia, para suprimir en la medida de lo posible las causas del dolor humano.

Se trabaja casi al límite de sus fuerzas, pero se encuentra, en la totalidad de su donación y en la intensidad de su esfuerzo, una energía como inagotable. Los que se dan a medias están pronto gastados, cualquier esfuerzo los cansa. Los que se han dado del todo, se mantienen en la línea bajo el impulso de su vitalidad profunda.

Con todo no hay que exagerar y disipar sus fuerzas en un exceso de tensión conquistadora. El hombre generoso tiende a marchar demasiado a prisa: querría instaurar el bien y pulverizar la injusticia, pero hay una inercia de los hombres y de las cosas con la cual hay que contar. Místicamente se trata de caminar al paso de Dios, de tomar su sitio justo en el plan de Dios. Todo esfuerzo que vaya más lejos es inútil, más aún, nocivo. A la actividad reemplazará el activismo que se sube como el champaña, que pretende objetos inalcanzables, quita todo tiempo para contemplación; deja el hombre de ser el dueño de su vida.

Al partir en la vida del espíritu, se adquiere una actitud de tensión extrema, que niega todo descanso. Pero como ni el cuerpo ni el alma están hechos para esto, viene luego el desequilibro, la ruptura. Hay, pues, que detenerse humildemente en el camino, descansar bajo los árboles y recrearse con el panorama, podríamos decir, poner una zona de fantasía en la vida.

El peligro del exceso de acción es la compensación. Un hombre agotado busca fácilmente la compensación. Este momento es tanto más peligroso, cuanto que se ha perdido una parte del control de sí mismo, el cuerpo está cansado, los nervios agitados, la voluntad vacilante. Las mayores tonterías son posibles en estos momentos. Entonces hay sencillamente que disminuir: Volver a encontrar la calma entre amigos bondadosos, recitar maquinalmente su rosario y dormitar dulcemente en Dios.

(En archivo Documentos del Padre HurtadoDocumento s53 y 20)