Como voluntarios siempre estamos pensando en nuestras responsabilidades con el mundo que nos rodea. Vemos sufrimiento, miseria, soledad y dolor y algo nos aprieta dentro... Por lo mismo nos decidimos a actuar, percibimos que algo anda mal y nos abocamos a solucionarlo, con los medios que tengamos, desde donde estamos. Y nos dedicamos largas horas a pensar y discutir como relacionarnos con la pobreza, cual es nuestro rol en su superación, que tenemos que hacer, cuanto tenemos que sacrificar. Incluimos en nuestras vidas un mundo distinto al nuestro y nos sentimos con la responsabilidad de cambiarlo, incluso muchas veces pensamos que somos los únicos que podemos hacerlo, por nuestras capacidades, estudios, oportunidades. Es más, casi inconscientemente terminamos pensando que nosotros somos los únicos que efectivamente hacen algo, los únicos que quieren realmente superar la pobreza, los únicos preocupados de ella.
Esta actitud nos hace olvidar que quienes primero luchan por superar la pobreza son los que la padecen. Las familias con las que construimos mediaguas, las personas a las que hacemos clases, los campamentos que intervenimos no son sujetos pasivos de nuestra acción sino activos, mucho más activos que nosotros a la hora de luchar contra la pobreza. Siempre nos acordamos de esos 3 días que estuvimos construyendo una casa y nos olvidamos de los dos meses en que esa familia trabajo para conseguir los $30.000 para pagarla. Pensamos en lo sacrificados que somos al gastar gran parte de nuestro tiempo en micros y traslados a los campamentos y nos olvidamos de que cada día las personas que viven ahí hacen recorridos peores para dar un sustento a sus familias.
Nos concentramos tanto en trabajar POR otros de que nos olvidamos de que en realidad estamos trabajando CON otros. Lo digo a raíz de algo que me pasó hoy día. Haciendo clases en Infocap, les pedí a las alumnas de mi curso que en grupos analizaran distintos poemas de Pablo Neruda y luego hicieran una exposición al curso. Felices se pusieron a leer poesía, a comentarla, a identificarse con los distintos sentimientos que expresaba. El último grupo trabajó sobre la “Oda a la pobreza”. En este poema, de sobra conocido por aquel que alguna vez haya ido a trabajos, el autor comienza describiendo una infancia y juventud atormentada por la carencia para finalizar desafiando a la pobreza, amenazándola con un combate implacable que terminará por expulsarla de la tierra. Las chiquillas presentaron los resultados de su análisis y concluyeron la exposición respondiendo a la pregunta: ¿Qué aspectos me identifican del poema? Y la respuesta fue para mí al mismo tiempo una obviedad y un gran descubrimiento. Ellas se identificaban plenamente con lo que decía Pablo Neruda ya que todas habían vivido una infancia y una juventud muy pobres y ahora que eran adultas tenían las mismas ganas de combatir la pobreza que el poeta. La desafiaban todos los días trabajando duramente para dar una mejor educación y bienestar a sus hijos, para prepararles un futuro y darles en el presente todo lo que ellas no tuvieron. El curso completo se sintió identificado, un gran sentimiento de complicidad inundó la sala, por unos segundos todas nos dimos cuenta de que trabajábamos por lo mismo: por terminar con las injusticias, por dar oportunidades a otros, por luchar contra la pobreza y dignificar a aquellos que queremos. En el fondo, todas nos dimos cuenta de que no estábamos solas en esto.
Descubrir esto nos descoloca. Ese sueño medio utópico que nos incentiva a actuar es para otros realidad concreta y diaria, nuestro ideal de entregar la vida por los que sufren es cumplido cabalmente por los más pobres de nuestro país. En el fondo, nos damos cuenta de que toda la pega no la hacemos nosotros sino ellos. Por un momento vemos el mundo desde los ojos de otro y nuestras pretensiones se desmoronan. Para mi fue un gran golpe al ego. Dejé de pensar un rato en mí y me puse a pensar realmente en aquellas personas por las cuales trabajaba. Y me di cuenta de que no era yo la que trabajaba POR ellas, sino que era una más, que trabajaba CON ellas. De un segundo a otro dejé de ser la protagonista. Esas mujeres ya no eran objetos de mi voluntariado sino sujetos activos, compañeras... nuestros ideales eran los mismos, solo que yo los hacía realidad desde el pizarrón, ellas desde su asiento. Me di cuenta de que mis alumnas consagran su vida a superar la pobreza, de que el sentido de todo lo que hacen está dado por otros, por sus hijos, su familia. De que para ellas pensar en un futuro mejor, no es remitirse a una utopía sino a una palpitante realidad que concretan todos los días.
Dije que esto era una obviedad y a la vez un gran descubrimiento. Obvio, porque quien más indicado para luchar contra la pobreza que aquel que la vive. Novedoso, porque como voluntarios nunca pensamos en eso. Nos concentramos tanto en lo que nosotros queremos y debemos hacer, en como a nosotros nos afecta esta realidad, en cuales son nuestras responsabilidades que nos olvidamos de que en primer lugar, lo que nos debería importar no son nuestras actitudes sino sus realidades.
Esta actitud nos hace olvidar que quienes primero luchan por superar la pobreza son los que la padecen. Las familias con las que construimos mediaguas, las personas a las que hacemos clases, los campamentos que intervenimos no son sujetos pasivos de nuestra acción sino activos, mucho más activos que nosotros a la hora de luchar contra la pobreza. Siempre nos acordamos de esos 3 días que estuvimos construyendo una casa y nos olvidamos de los dos meses en que esa familia trabajo para conseguir los $30.000 para pagarla. Pensamos en lo sacrificados que somos al gastar gran parte de nuestro tiempo en micros y traslados a los campamentos y nos olvidamos de que cada día las personas que viven ahí hacen recorridos peores para dar un sustento a sus familias.
Nos concentramos tanto en trabajar POR otros de que nos olvidamos de que en realidad estamos trabajando CON otros. Lo digo a raíz de algo que me pasó hoy día. Haciendo clases en Infocap, les pedí a las alumnas de mi curso que en grupos analizaran distintos poemas de Pablo Neruda y luego hicieran una exposición al curso. Felices se pusieron a leer poesía, a comentarla, a identificarse con los distintos sentimientos que expresaba. El último grupo trabajó sobre la “Oda a la pobreza”. En este poema, de sobra conocido por aquel que alguna vez haya ido a trabajos, el autor comienza describiendo una infancia y juventud atormentada por la carencia para finalizar desafiando a la pobreza, amenazándola con un combate implacable que terminará por expulsarla de la tierra. Las chiquillas presentaron los resultados de su análisis y concluyeron la exposición respondiendo a la pregunta: ¿Qué aspectos me identifican del poema? Y la respuesta fue para mí al mismo tiempo una obviedad y un gran descubrimiento. Ellas se identificaban plenamente con lo que decía Pablo Neruda ya que todas habían vivido una infancia y una juventud muy pobres y ahora que eran adultas tenían las mismas ganas de combatir la pobreza que el poeta. La desafiaban todos los días trabajando duramente para dar una mejor educación y bienestar a sus hijos, para prepararles un futuro y darles en el presente todo lo que ellas no tuvieron. El curso completo se sintió identificado, un gran sentimiento de complicidad inundó la sala, por unos segundos todas nos dimos cuenta de que trabajábamos por lo mismo: por terminar con las injusticias, por dar oportunidades a otros, por luchar contra la pobreza y dignificar a aquellos que queremos. En el fondo, todas nos dimos cuenta de que no estábamos solas en esto.
Descubrir esto nos descoloca. Ese sueño medio utópico que nos incentiva a actuar es para otros realidad concreta y diaria, nuestro ideal de entregar la vida por los que sufren es cumplido cabalmente por los más pobres de nuestro país. En el fondo, nos damos cuenta de que toda la pega no la hacemos nosotros sino ellos. Por un momento vemos el mundo desde los ojos de otro y nuestras pretensiones se desmoronan. Para mi fue un gran golpe al ego. Dejé de pensar un rato en mí y me puse a pensar realmente en aquellas personas por las cuales trabajaba. Y me di cuenta de que no era yo la que trabajaba POR ellas, sino que era una más, que trabajaba CON ellas. De un segundo a otro dejé de ser la protagonista. Esas mujeres ya no eran objetos de mi voluntariado sino sujetos activos, compañeras... nuestros ideales eran los mismos, solo que yo los hacía realidad desde el pizarrón, ellas desde su asiento. Me di cuenta de que mis alumnas consagran su vida a superar la pobreza, de que el sentido de todo lo que hacen está dado por otros, por sus hijos, su familia. De que para ellas pensar en un futuro mejor, no es remitirse a una utopía sino a una palpitante realidad que concretan todos los días.
Dije que esto era una obviedad y a la vez un gran descubrimiento. Obvio, porque quien más indicado para luchar contra la pobreza que aquel que la vive. Novedoso, porque como voluntarios nunca pensamos en eso. Nos concentramos tanto en lo que nosotros queremos y debemos hacer, en como a nosotros nos afecta esta realidad, en cuales son nuestras responsabilidades que nos olvidamos de que en primer lugar, lo que nos debería importar no son nuestras actitudes sino sus realidades.
Sole Del Villar
