Durante el 2006 nuestro país fue teatro de un fuerte debate sobre la llamada “ley de subcontratación”. En pocas palabras, la subcontratación es una forma de trabajo en que las empresas optan por externalizar distintos servicios que no son de su especialidad para dedicarse a producir con eficiencia sus productos. Por ejemplo, una fabrica de quesos sólo contratará trabajadores que se dediquen a producir quesos. Para el resto de las necesidades de la fábrica, como seguridad, limpieza y alimentación, contratará a otras empresas especializadas en esos servicios. Así concentrará sus energías sólo el lo que le compete como fábrica de quesos y hará responsables a otros del resto de sus necesidades.
Este ejemplo me hace pensar en la forma en que manejamos nuestras vidas, nuestras pequeñas fábricas individuales. Muchas veces nosotros también externalizamos servicios. Vamos al colegio y la universidad para recibir un servicio educacional. Luego en nuestra casa obtenemos el servicio de alimentación, alojamiento y seguridad. De vez en cuando vamos a misa a asistir al servicio religioso. Tenemos amigos para garantizarnos el servicio de entretención. Y en nuestras vacaciones vamos a trabajos para satisfacer la necesidad semestral de acción social que le permite a la fábrica seguir andando. Todas mis necesidades básicas me las garantiza otro que tiene el deber de entregarme un buen servicio... pero nada más. Si no cumple con ese mínimo lo desecho y lo cambio por otro que si lo haga. ¿Y para qué? Para dedicarme con tranquilidad a lo mío: mi bienestar, mis notas, mi plata, mi trabajo: YO.
Estamos tan acostumbrados a esta forma de pasar por la vida que rara vez la cuestionamos. Los Trabajos son una de esas “raras veces”. Al salir de nuestro pequeño mundito individual y ponernos en contacto con otros nos damos cuenta de que existe un mundo que espera de nosotros algo más. Un mundo que nos exige involucrarnos con él. Un mundo que no es sólo la suma de individuos sino algo más que eso: SOCIEDAD. Un mundo en el que las personas se necesitan mutuamente, en el que dependemos y al mismo tiempo somos responsables de otros. Un mundo que no está ahí solo para que nos apropiemos de lo que necesitamos sino que nos exige que le entreguemos algo: nuestros talentos, nuestro trabajo, nuestro cariño... nuestro COMPROMISO.
Que los trabajos no sean un servicio más que subcontratamos. Que no sean una más de esas “experiencias fuertes” que necesitamos de vez en cuando para expulsar momentáneamente nuestro letargo. Que sean este momento en el que volvemos la vista al mundo y nos comprometemos con él, ese momento en que despertamos de verdad y nos embarcamos a vivir la vida como tiene que ser, a concho y en serio.
A veces me da la impresión de que vivimos como si fuéramos el centro y la medida de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Funcionamos como un sol entorno al cual giran nuestros distintos planetas: la familia, el colegio, el pololo/a, los amigos, los trabajos. Todas estas cosas nos rodean pero no nos involucran, no son parte nuestra y por lo mismo son fácilmente desechables. Atrevámonos a VIVIR. No como un Sol entorno al cual giran los planetas, no como una fábrica eficiente que externaliza todas sus necesidades: vivamos como hombres y mujeres comprometidos con lo que les rodea, concientes de pertenecer a un cuerpo social. Involucrémonos con nuestra educación, con nuestra familia, con nuestro país, con nuestra vida espiritual. Y esto ante todo parte con un cambio de actitud: dejemos de externalizar y empecemos a internalizar, no vinimos sólo de visita.
Este ejemplo me hace pensar en la forma en que manejamos nuestras vidas, nuestras pequeñas fábricas individuales. Muchas veces nosotros también externalizamos servicios. Vamos al colegio y la universidad para recibir un servicio educacional. Luego en nuestra casa obtenemos el servicio de alimentación, alojamiento y seguridad. De vez en cuando vamos a misa a asistir al servicio religioso. Tenemos amigos para garantizarnos el servicio de entretención. Y en nuestras vacaciones vamos a trabajos para satisfacer la necesidad semestral de acción social que le permite a la fábrica seguir andando. Todas mis necesidades básicas me las garantiza otro que tiene el deber de entregarme un buen servicio... pero nada más. Si no cumple con ese mínimo lo desecho y lo cambio por otro que si lo haga. ¿Y para qué? Para dedicarme con tranquilidad a lo mío: mi bienestar, mis notas, mi plata, mi trabajo: YO.
Estamos tan acostumbrados a esta forma de pasar por la vida que rara vez la cuestionamos. Los Trabajos son una de esas “raras veces”. Al salir de nuestro pequeño mundito individual y ponernos en contacto con otros nos damos cuenta de que existe un mundo que espera de nosotros algo más. Un mundo que nos exige involucrarnos con él. Un mundo que no es sólo la suma de individuos sino algo más que eso: SOCIEDAD. Un mundo en el que las personas se necesitan mutuamente, en el que dependemos y al mismo tiempo somos responsables de otros. Un mundo que no está ahí solo para que nos apropiemos de lo que necesitamos sino que nos exige que le entreguemos algo: nuestros talentos, nuestro trabajo, nuestro cariño... nuestro COMPROMISO.
Que los trabajos no sean un servicio más que subcontratamos. Que no sean una más de esas “experiencias fuertes” que necesitamos de vez en cuando para expulsar momentáneamente nuestro letargo. Que sean este momento en el que volvemos la vista al mundo y nos comprometemos con él, ese momento en que despertamos de verdad y nos embarcamos a vivir la vida como tiene que ser, a concho y en serio.
A veces me da la impresión de que vivimos como si fuéramos el centro y la medida de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Funcionamos como un sol entorno al cual giran nuestros distintos planetas: la familia, el colegio, el pololo/a, los amigos, los trabajos. Todas estas cosas nos rodean pero no nos involucran, no son parte nuestra y por lo mismo son fácilmente desechables. Atrevámonos a VIVIR. No como un Sol entorno al cual giran los planetas, no como una fábrica eficiente que externaliza todas sus necesidades: vivamos como hombres y mujeres comprometidos con lo que les rodea, concientes de pertenecer a un cuerpo social. Involucrémonos con nuestra educación, con nuestra familia, con nuestro país, con nuestra vida espiritual. Y esto ante todo parte con un cambio de actitud: dejemos de externalizar y empecemos a internalizar, no vinimos sólo de visita.
