viernes, 9 de marzo de 2007

A propósito del día de la mujer: Las nanas…los bemoles de una profesión muy personal.

Las empleadas domésticas, “nanas” como las llamamos en Chile, son para nosotros una verdadera institución. Prácticamente no hay familia más o menos acomodada que no cuente con una o dos mujeres que cumplan con esta multifacética labor. Puertas afuera o puertas adentro se desempeñan en las más variadas áreas de la labor doméstica: cocina, limpia, ordena la casa, cuida a los niños, al perro, lava la ropa e incluso nos acompaña a veranear. Para muchos es una segunda mamá, una confidente, aquella que nos aguanta todas las mañas. Por tradición, nos hemos acostumbrado como sociedad a considerar su presencia indispensable en nuestras casas, muchas veces como si fuera parte de la familia en la que trabaja. Aunque tampoco nos olvidamos de que por muy cercana que sea, no es familia... Una institución que revela en nuestra vida cotidiana el clasismo de nuestra sociedad, nuestro clasismo.

Primera evidencia de nuestro clasismo, el saludo. Entramos a la casa de un amigo, saludamos de beso a su mamá y a sus hermanos, pero a la nana, que es la primera a la que vez cuando te abre la puerta, solo un “buenas tardes…” a la distancia. Un formal “usted” que en vez de expresar respeto crea un abismo entre personas que se conocen, que seguramente se tienen confianza, pero que no son de la misma clase social. ¡No me vayan a confundir con el hijo de la nana! Sí, nos queremos y nos conocemos, pero somos distintos, no hay que olvidarse, cada cual en su lugar.
Esta misma escena se repite más tarde cuando a la hora de comida viene la nana a retirar los platos y nadie le ofrece ayuda, pero cuando es la mamá de mi amigo la que lo hace un educado “Tía, ¿la ayudo?” no se deja esperar.
Y después las palabras en agradecimiento de la comida van para la dueña de casa y no para la nana que se pasó cocinando toda la tarde…
Nuestra “buena educación” se reserva sólo para algunas personas… la discriminación y el clasismo se cuelan delante de nuestras propias narices.

Y la lista de actitudes puede hacerse interminable: dejar mi ropa tirada en la pieza y no ordenarla en el closet, hacerme un sándwich a la hora del té y dejarle toda la cocina sucia, dejar el caos en la casa después de un carrete, levantarme a las 1.00 el día Sábado y esperar que me haga la cama y el desayuno cuando tiene que hacer el almuerzo, poner la mesa, ordenar, vestir a mis hermanos chicos… En pocas palabras: despreciar su trabajo. Pasar por nuestra casa como un huracán, desordenando todo lo que ella ordenó antes y volverá a ordenar una vez que yo haya pasado. Es que en el fondo, no somos concientes de todo lo que hacen por nosotros, el trabajo de un día se desarma en un segundo por alguno de nuestros caprichos, por nuestra flojera, por nuestro clasismo. Aquella persona que consideramos fundamental en realidad no es para nosotros más que un actor secundario cuyo trabajo en la obra de teatro que es mi hogar es poco importante y prescindible.

Luego vienen algunas exigencias que parecen casi sobrehumanas. Las nanas “puertas adentro” son quizás el caso más dramático. Mujeres que dejan a su familia por largos períodos de tiempo y duermen todos los días en una casa que no es suya porque a los patrones les da lata meter los platos a la lavadora después de comida o levantarse más temprano a hacerle el desayuno a sus hijos escolares. Ojalá que el fin de semana se quede despierta hasta que los jóvenes lleguen del carrete o los padres de una comida, cuidando a la casa y a los niños chicos. Desarraigo y soledad son sentimientos cotidianos de mujeres que viven con una familia pero nunca se sienten realmente parte. Mujeres que se desviven por hijos ajenos, que preparan fiestas en las que no son fotografiadas y que mientras todos van a misa el domingo se quedan ordenando y preparando el almuerzo sin que nadie les pregunte si quieren satisfacer sus necesidades religiosas.
Las “puertas afueras” tampoco se quedan atrás… viajes desde la periferia de Santiago en micro a las 5.30 de la mañana para llegar a las 7.00 a prepararle el desayuno a la señora que está esperando en la cama a que llegue su bandeja. Y de vuelta a su casa a las 9.00 de la noche… cuando por fin llega a su destino final sus hijos y marido duermen y le queda todo el trabajo por hacer en su propia casa, porque las nanas no tienen quien les haga el aseo.

Por último, el uniforme. Mientras está en el trabajo se viste con ese delantal a cuadraditos celeste con blanco que todos conocemos. Esta bien tener un uniforme de trabajo, pero bajar a la playa vestida de nana con 30ºC de calor a ver que los niños no se pierdan mientras los demás se refrescan en el mar es mucho… Además, no hay que ser muy ciego para darse cuenta de que esta particular vestimenta no es sólo un uniforme de trabajo sino un signo claro de la diferencia entre empleado y empleador, entre dueña de casa y nana. La muestra concreta y tangible de nuestro clasismo.

Y después de todo este sacrificio algunos dirán: “¡la paga debe ser buena!”. Y en realidad nos damos cuenta de que muchas de nuestras nanas después de largos años de trabajo siguen viviendo en campamentos, no pueden pagar una educación digna para sus hijos y al menor problema de salud se ven sin resguardo… porque el patrón nunca habló de imposiciones.

Una realidad cotidiana que nos deja pensando, con una espina de culpabilidad clavada que disimulamos con diferentes excusas: “siempre se ha hecho así”, “en todos lados es lo mismo”, “no es mi casa” o “igual todos en la casa la queremos”. Muchas veces hablamos de clasismo, de indignidad, de injusticias… ¿nos hemos detenido a pensar como esto se da en nuestra propia casa?

M. Soledad Del Villar

3 comentarios:

Guillermo F dijo...

Permiso. "Caí" en su blog, de casualidad. Leí el comentario sobre las nanas y me pareció interesante su punto de vista y opinión.
Adhiero a él. Espero que alguien más, pueda pensar así.
De esa forma, de a poquito, podremos hacer algo para torcer en algo pequeño el mundo que nos rodea.
Con respeto,

Guillermo

José Fco. Yuraszeck Krebs, S.J. dijo...

Me parece muy relevante lo que dices Soledad... porque la caridad parte por casa, y está bien ayudar a otros construyendo mediaguas por 15 días, conociendo gente,... ¿qué pasa cuando volvemos a nuestras casas? Espero que el encuentro de ayer en el SIEB haya sido provechoso pensando en eso.

Anónimo dijo...

Aunque tuve nana, siempre la tratamos como una tía que nos ayudaba. Fue una emergencia temporal la que obligó a mis papás tener nana, apenas teníamos dinero suficiente pero no había más opción. Ahora todos mis amigos la conocen como mi tía -ya no trabaja para nosotros pero la invitamos a todos nuestros cumpleaños y fiestas-.

Tus palabras me dieron ganas de llorar de vergüenza: a pesar de creer que estaba haciendo bien las cosas, a otras nanas que he conocido no las saludo de beso, no las ayudo, acepto lo que me dicen de no levantar los platos "porque la nana lo hace". Como si en mi casa hubiera hecho eso, como si el que me lo digan otros me permita ser prepotente.