sábado, 12 de abril de 2008

Patas Arriba


Discutiendo de política con un amigo, dijo una frase que me dejó muy sorprendido: “Yo no soy de los que creen mucho en la democracia, la verdad encuentro que no hay mayor diferencia entre una Dictadura y una Democracia”, y continuó argumentando esa afirmación alegando que es necesario que las cosas se hagan, y al menos en dictadura las cosas se hacen, mientras que cuando estamos en democracia cuesta llegar a decisiones, y muchas veces nos enredamos en el camino. En ese minuto me quede totalmente sorprendido y mi única reacción fue decir algo así como “de que tai hablando”, seguido por uno que otro epíteto contra su persona.
Bueno, resulta que mi amigo no está tan sólo en su postura. De acuerdo a la encuesta de caracterización juvenil del INJUV, hay un 42,5% de jóvenes que opina que da lo mismo un gobierno autoritario a una democracia, es decir, hay alrededor de 142.000 jóvenes más apoyando a mi amigo. (De hecho son más que los que prefieren la democracia).

Este dato, sí merece una reflexión más profunda. ¿Somos como país lo mismo que Cuba o que otras dictaduras en el planeta? ¿Somos lo mismo que hace 30 años? ¿Por qué es que a los jóvenes, que nos definimos cada vez más como tolerantes y pluralistas, nos da lo mismo un sistema u otro?

Una primera teoría podría ser atribuir esta indiferencia al hecho de que ninguno de nosotros ha vivido períodos de dictadura, y por tanto simplemente no valoramos lo que tenemos.
Ahora, si bien parece lógico, me parece una respuesta demasiado simplista y superficial. Creo que hay un problema de fondo más grave en estos datos, que dice relación con los valores a los que damos prioridad como sociedad.

Vivimos hoy en día en un mundo al revés, que tiene el ombligo en la espalda y los pies por la cabeza. El mundo del puente sin río, del esperante y el esperadero, del ciudadano convertido en consumidor. Mundo donde para elogiar una flor se dice: “parece de plástico”. Mundo graficado, quizás a la perfección, por la bomba de neutrones, que mantiene las cosas y sólo destruye a las personas. Mundo donde se valora la inmediatez y los resultados, pero dónde no importa mayormente como los alcancemos. El hombre vale por lo que produce. La gratuidad y esa lógica la aplicamos también a nuestras instituciones: discutir, escuchar, pelear (incluso perdonarnos después); llegar a consensos; QUÉ PÉRDIDA DE TIEMPO Y RECURSOS!
En el fondo, la frase “da lo mismo dictadura o democracia” grafica el principal síntoma de este mundo: hemos divorciado a los medios de los fines, y con eso, hemos desnaturalizado precisamente los fines que nos proponemos alcanzar.

Y esto nos lleva al segundo hecho que explica esta frase: la vida en democracia es extremadamente difícil, y choca con nuestra lógica actual. Exige escuchar al otro que piensa totalmente distinto, y respetarlo a él y a su opinión. Exige estar dispuesto a perder, aún cuando uno tenga la certeza más grande de estar en la razón. Exige ciertamente, ir más lento, pero ir todos. Exige ciertamente resultados materiales, pero ligados a ellos, exige medios que los validen.

¿Podemos alcanzar los mismos resultados en uno u otro sistema? En términos estadísticos y de números probablemente si. Pero sin duda una u otra elección dice mucho del mundo que elegimos vivir.

No hay comentarios: