lunes, 2 de junio de 2008

Para Ti...

Sabe alguien...

¿Cómo una historia que se inicia tierna y dulce termina convertida, sin más, en absurda y triste?
¿Como la mirada ilusionada adquiere de pronto el aspecto cansado de quien mira atrás con resignación?
¿Cómo las promesas y esperanzas que ayer nacían, se convierten hoy en un presente decepcionado del futuro que no llegó?
¿Cómo las palabras, tantas palabras que incendiaron un día nuestro espíritu se han transformado en el eco vacío de las brasas que están por extinguirse? (porque como la bencina al fuego, esas palabras necesitaban hechos que las mantuvieran encendidas)
¿Cómo la complicidad se transforma en desconfianza?

Todo hombre aspira a ser feliz, pero cómo puede serlo si estamos sujetos a nuestra propia debilidad ¿Estamos acaso condenados a fallar? ¿A no alcanzar lo que queremos?

Son acaso todos esos momentos, esas mínimas insinuaciones o sospechas de felicidad,
pequeñas utopías, que como la insondable niebla,
no nos permiten ver la inevitable caída que se encuentra más adelante,
y que, como es la niebla, tranquila e inocente,
esas epifanías de felicidad simplemente esperan,
esperan que alarguemos la mano para tomarlas,
para así esfumarse,
recordarnos duramente que nunca podremos asirla
y dejarnos enfrentados frente a frente con la realidad...

Es que sólo nos queda, como dijo Aznar, pedir perdón? ¿Es que no hay segundas oportunidades?

No... la vida no puede ser sólo eso. Existe el otro lado.
Hay algo que nos salva

Porque al final del día, cuando estamos sólos
Y nadie me ve
Y nadie que engañar
Y nadie que impresionar
Y nos despojamos de los orgullos cotidianos,
de las sutiles máscaras,
de la infalible lógica y de la confusa retórica,
de las pequeñeces que tanto me importan, y de las grandezas que no reconozco,
del aplauso de la gente que premia mis buenas obras.
Y ya no resuena el eco vacío del elogio fácil ni de mi autocomplacencia.

Ahí, en ese segundo de sinceridad,
que no admite silogismos, excusas ni poesía (bueno quizás si algo de poesía)
Cuándo quedo sólo,
frente a frente con mi historia
frente a frente con eso que soy. No lo que hago, ni lo que tengo, sino lo que soy.

Entonces aparece con claridad aquella pregunta,
LA pregunta, cuya afirmativa respuesta puede salvarnos,
quenos devuelve la humanidad al cuerpo,
y que nos recuerda que en esa debilidad está la felicidad

Y volver a sentir esperanza,
Y volver a mirar con ojos expectantes
Y llenar de contenido las palabras
Y hacer renacer esa suerte de complicidad ante los otros...
Y hacernos creer firmemente en segundas oportunidades.

Así en ese instante, sólo queda preguntarnos,

¿Es mi vida un testimonio de amor?

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